Archivo de Noticias, Abril 2009

Los niños denominados "inquietos", con conductas disruptivas en el aula. Y que son una mayoría, con respecto a los niños diagnosticados con "síndrome de hiperactividad", que son sólo un bajo porcentaje comparados con estos niños de problemática con espectro amplio. Mientras que el niño "inquieto", alcanza un alto número de estudiantes por aula, el THDA (Trastorno de Hiperactividad con Décifit de Atención) sólo alcanza un bajo porcentaje. Por lo que el educador deberá asegurar a los niños inquietos normas educativas para su concentración, ya que tiende a disiparse debido a su emotividad y desbordante imaginación e inquietud. Indicaremos algunas de estas normas:
Extinción: El niño inquieto se ve alentado cuando se discuten sus cóleras y sus arrebatos. Se le trasmite que su fuerza impresiona. Hay que "hacerle el vacío", para provocar la extinción de su conducta desadaptada. Cuando se le pase el arrebato emotivo, habrá que hacerle comprender su amor propio hará que preste atención- lo ridículo de su comportamiento en el aula. Será el momento de elogiar la conducta de un compañero de su misma edad. Puede que conteste que "el compañero es un cobarde y un "pelotillas" que le tiene envidia". Pero la reflexión, estamos seguros, se abrirá paso.
Restarle Interés: En las manifestaciones del niño inquieto, se le mezcla con la demostración, el placer histriónico. Las escenas señalan que se trata de un extravertido que busca signos de interés. Hay que conseguir que no crea que sus ademanes son las reacciones de una naturaleza privilegiada. Habrá que hacerle comprender que existe una gran contradicción entre lo que hace y lo que piensa. Nada se conseguirá con la humillación, en la que se adivinará hostilidad y no benevolencia. Se evitará la ironía. No demos razones a su susceptibilidad. El inquieto, no está jamás seguro de sí. Y es fácil de convencer. Tratándole indulgentemente, simplificando sus fechorías en las molestias que causó sobre todo a sus compañeros.
Arraigar hábitos: Mediante la educación. A los tres años, el niño inquieto, ya manifiesta la tendencias desagradables. La disciplina escolar, la obligación de seguir un ritmo y de someterse a sus exigencias, la búsqueda de resultados lejanos, todo ello vendrá a contrariar sus inclinaciones. Desde los dos años a los seis, el niño presenta la mayor plasticidad. Sus tendencias aparecen ya, pero el hábito todavía no ha arraigado. Es la edad de la aceptación. En esta edad es fácil atenuar la agitación fisiológica o desviarla hacia actos positivos. Conseguir fijar la atención del niño a intereses exteriores constituye el gran aprendizaje. Cuando durante dos años hayan guiado al niño en ejercicios como éste, se habrán instalado en su comportamiento hábitos de sensibilidad y de ordenada actividad, adquiridos definitivamente. A ello hay que añadir que el egocentrismo infantil, construye el mundo a su antojo. El psicólogo francés Jean Piaget, ha demostrado que el egocentrismo no se abandona más que bajo la presión de la cooperación: las relaciones que orientan la mente del niño hacia las formas del pensamiento socializado y conceptual. La vida en común, el roce con otros, constituyen disciplinas preciosas, para todo niño, pero a los niños inquietos les creará el sentimiento de empatía que le adaptará al mundo escolar y social.
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